- 21 de febrero de 2026
Un mundo cambiante


El mundo vive grandes cambios tecnológicos. Pero, aunque a menor escala, los cambios siempre estuvieron presentes.
Voy a ser referencial. Mis abuelos llegaron a la Argentina cuando terminaba la primera década del siglo XX. Es decir, hace más o menos 110 años, cuando el mundo estaba cambiando a una velocidad asombrosa.
En esos años, precisamente, llegaron los primeros automóviles a San Juan.
Y se instalaron los primeros teléfonos. Y la luz eléctrica iluminó las calles y viviendas y dio paso al asombroso mundo de las máquinas.
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Sí, fueron años de tremendos cambios.
Imaginemos por un momento lo que significó simplemente la llegada del automóvil.
Hicieron falta calles y caminos, “bombas” de nafta, talleres, garajes, mecánicos, gente que además de poder pagar un auto, aprendiera a conducirlo, nuevas leyes de tránsito.
Todo el sistema de transporte cambió.
Mi abuelo materno, que se llamaba Alfredo y era italiano, fue uno de los hijos de esa revolución: se hizo mecánico de automotores. Y vivió de mecánico, en su taller de Trinidad, hasta el final de sus días.
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En palabras sencillas: a partir de los nuevos desarrollos tecnológicos, de los descubrimientos, se fueron acumulando los grandes cambios que a lo largo de los años fueron transformando las sociedades.
A las actuales generaciones les toca ser protagonistas de otra “gran revolución”.
Una época de cambios tan drásticos y profundos como aquella que cambió la carreta por los camiones y el trabajo basado en la fuerza humana o animal por la máquina.
La convergencia de telefonía móvil, redes informáticas (internet/fibra óptica), energías renovables, inteligencia artificial y satélites funciona como infraestructura fundamental para la sociedad digital moderna. Estas tecnologías acortan distancias físicas, impulsan el teletrabajo, permiten la comunicación global instantánea y el acceso a información en tiempo real, transformando el modo de vida y trabajo hacia una «sociedad de la información».
Esos son hoy los soportes que nos llevan a “otro” mundo.
Pero seamos claros: esos son los soportes, como hace un siglo lo fueron la máquina y la electricidad.
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El puente entre este hoy y ese mañana que queremos tiene un nombre y se llama educación.
Y en este punto tenemos que ser brutalmente sinceros.
Sin educación va a ser imposible ser parte de ese mundo.
Las inversiones en educación son de rendimiento lento. No les lucen a los gobiernos. Movilizan resistencias en algunos actores de la educación y obligan a postergar otras demandas.
Pero hay que hacerlo, ahora, cuando todavía está fresco el milagro de la inteligencia artificial, de la comunicación por internet.
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Quién esto escribe fue un producto de la escuela pública y la cultura del trabajo. Se crió con la radio, vio nacer la televisión, se apasionó con fenómenos maravillosos como que decenas de canales llegaran a nuestra casa las 24 horas del día, que los satélites nos mantuvieran conectados con el mundo.
Vio nacer la telefonía celular, se asombró con las posibilidades de las computadoras, quedó fascinado con Internet.
En todos esos cambios estuvieron los hombres y mujeres de mi generación.
Y ante cada cambio, quedábamos con la boca abierta.
Asombrados, como debió asombrarse aquel remoto tatarabuelo el día que descubrió el fuego.
Pero siempre tuvimos presentes que atrás de cada uno de esos adelantos estuvo presente el recurso humano.

