- 15 de junio de 2024
¡Socorro…! ¡Nos invaden los “políticamente correctos”!

Imagine una novela que se llame “Amor no vidente”.
O peor aun, “Amor con capacidades especiales”.
Absurdo.. ¿no?
El amor, para el poeta, el escritor o para cualquier simple mortal, puede ser ciego, loco, enfermo o sublime.
Pero si se trata de personas, las cosas cambian.
De un tiempo a esta parte, los “progre” nos están imponiendo un idioma “políticamente correcto”.
Para ellos, las palabras que usamos toda la vida son “descalificantes”.
Y la verdad es que ya no sé si mis amigos de siempre siguen siendo el Chicato José, el Narigón Pérez, o el Negro López.
¿Cómo tendré que llamar de ahora en más al Petiso González?
Si seguimos así vamos a escuchar en una cancha de fútbol que un hincha le grita al árbitro: “¡Hombre de incipiente calvicie penetrado por zonas erróneas!”.
>>>
Hubo un tiempo no tan lejano que a un ciego se le llamaba ciego, a un manco manco y a un petiso, petiso.
Y nadie se sentía ofendido por ello.
Nadie se sentía herido por contar que en la mitología griega Edipo murió ciego. O que Juan Sebastián Bach, al final de su vida, sufrió una grave enfermedad de los ojos que le dejó completamente ciego.
O que Beethoven que no podía escuchar con sus oídos cerrados a la música que él mismo componía o había compuesto. Debía contentarse con escucharla en su espíritu… interpretada por su fantasía y su cerebro.
Juan Manuel Fangio era chueco y se consagró cinco veces campeón mundial del fórmula 1.
Un jugador de fútbol, Victorio Casas, era manco y jugó en la primera de San Lorenzo de Almagro.
Danny De Vito, el famoso actor, mide 1,47.
Franklin Delano Roosevelt llegó a la gobernación de Nueva York y a la presidencia de los Estados Unidos en silla de ruedas.
>>>
Lo políticamente “correcto” nos fue cambiando el idioma.
>Las azafatas son ahora “auxiliares de vuelo”.
>Los negros son “afroamericanos”.
>Los homosexuales son gays
>Los niños y las niñas son infancias
>Los pobres son personas de escasos recursos
Si usted no lo sabía, querido lector, pues vaya con cuidado ya que se enciende la alarma de “incorrección política”.
Ahora bien: ¿qué está detrás de estos dictados de corrección e incorrección? ¿El deseo de no ofender a quien escucha? ¿La voluntad de no herir a la/s persona/s aludidas? ¿O tal vez el interés de enmascarar los propios pensamientos? ¿O incluso cierta intención de pretendida neutralidad?
“El tema de la corrección política es un tema muy polémico y muchas veces se lo ridiculiza. En realidad, es como un ensayo de mejorar la situación de discriminación de algunos grupos, sólo cambiándoles el nombre”, sostuvo la reconocida lingüista Ivonne Bordelois en una reciente entrevista con DW.

>>>
Aparentemente, detrás de lo que parecieran simples formas de decir lo mismo sin ofender da la sensación de que los “apóstoles de la corrección política” tratan de imponer determinadas consignas. El premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa, en un artículo periodístico consignó: “Lo políticamente correcto es opinar no como realmente piensas sino arrastrado por la frivolidad, la cobardía o el oportunismo (…) Es una falta de sinceridad, de autenticidad”.
Lo políticamente correcto “es una manera de imponer una censura discreta, disimulada, que no dice su nombre y que no te castiga físicamente sino con el descrédito en aras de una supuesta corrección. En cierta forma es una nueva inquisición”, criticó categórico el escritor peruano.
>>>
Lo triste es que en lugar de valorar a quienes se sobreponen a todos los escollos y demuestran que no son minusválidos ni discapacitados, comenzaron a “trasvertirlos”.
Aparecieron los “humanistas” de la palabra.
A los ciegos comenzaron por llamarlos no videntes.
Después alguien insinuó que era menos duro llamarlos discapacitados.
Otro sugirió “minusválido”
Y otro respondió que esas palabras también eran denigrantes y que había que llamarlos personas “con capacidades especiales”.
A esta altura uno se pregunta si no son estupideces. Simples estupideces.
Lo importante, queridos amigos, es que en lugar de bastardear las palabras, integremos definitivamente a todos los que sufren algún problema en el mundo del trabajo y de la sociedad.
Indigna que los mismos que se rasgan las vestiduras si alguien llama a cada cosa por su nombre sean los que estacionan el auto frente a una rampa para quienes se mueven en sillas de ruedas o los que no hacen nada para que los ciegos, los sordos o los paralíticos puedan cursar normalmente en las universidades. O los que los que no exigen que se cumplan con los cupos laborales.
>>>
Las palabras sólo son insultantes cuando se las utiliza como insulto.
Si a mi me dicen colorado o flaco a Gioja, o gorda a Lilita Carrió o pelado al Fonzi Velasco, ninguno se sentirá ofendido. Entramos en esas categorías. Como me río cuando un nieto me dice panzón.
Tampoco es descalificante que a uno le digan turco, gringo o judio. Al contrario.
Distinto es el caso cuando se trata de ofender y se llama “negro” al de
clase baja. O se usan en política términos como miope, mogólico o autista.
En una palabra, dejemos de embromar con lo “políticamente correcto”. Dejemos de creer que cambiando las palabras se modifica la situación.
>>>
¿Qué quiere que le diga?
A mi me sigue encantando que me corte el pelo un peluquero en lugar de un coiffeur o un estilista.
Sigo admirando a mis maestras y amo llamarlas “señorita” en lugar de trabajadoras de la educación.
De mi paso por la universidad recuerdo con mucho afecto a los docentes y a los no docentes y me parece de terror que ahora a estos últimos se los llame “personal de apoyo universitario”.
Y me indigna que a los delincuentes se los llame “personas en conflicto con la ley”.

