• 6 de diciembre de 2025

Memorias de un delincuente sanjuanino

Memorias de un delincuente sanjuanino

Participó en asaltos y tiroteos. Pasó 20 años de su vida en cárceles. Estuvo preso con “El Gordo” Valor, Schoklender y el clan Puccio. Hoy vive en Albardón, se considera recuperado y dice que su vida fue “un calvario”

Una nota de Pablo Zama

“Mi vida fue un calvario”, dice enojado con él mismo.

Tiene una bala de plomo incrustada al lado de la sien derecha y otra en el dorso de la mano izquierda, cerca de la muñeca. Por prescripción médica no fueron retiradas de su cuerpo.

También tiene al menos 10 marcas de perdigones de plomo de itacazos que recibió por la espalda.

Son las huellas que le recuerdan su cercanía con la muerte y que llevará hasta el fin como sello de una vida oscura de la que hoy asegura arrepentirse.

Se llama Julio Sosa, como “El varón del tango”. Su segundo nombre es Alfredo. Es sanjuanino y tiene 78 años. Fue, sobre todo, ladrón de autos cero kilómetro en Capital Federal.

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En su cuerpo que apenas rebasa el metro setenta de estatura acumula experiencias agrias de pabellones grises, “torturas” policiales y maldiciones de sus víctimas. Conoció el rigor de las peores cárceles y se hizo amigo de Luis Alberto “El Gordo” Valor, de Arquímedes Rafael Puccio y de Sergio Schoklender.

Cuando habla, Sosa casi no saca la mirada de los ojos de su interlocutor. No parece nervioso ni alerta. Relajado, sobre un banco de la plaza 25 de Mayo que da hacia calle General Acha, cuenta la historia de su vida en episodios lejanos que no debieron haber sucedido. Mientras tanto, algunos efectivos de la Motorizada circulan por la calzada con las balizas encendidas, sin prestar atención al anciano que tanto persiguieron en décadas perimidas, por causas ya oxidadas.

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Sus palabras brotan incandescentes y atrapan la atención formando un vibrante relato policial de no ficción. Una historia contada desde el lado del villano. La mirada en perspectiva de un ladrón a gran escala que ya vive en el retiro y, quizás, busca esquivarle al olvido.

“Era cleptómano, no podía dejar de robar. Recién ahora me doy cuenta. Hice fortuna, pero todo se iba cuando caía preso”. En ocasiones, la inflexión de su voz denota pena, otras veces su mirada parece brillar por orgullo. Él cuenta, también, que es tío de la parlamentaria del Mercosur Victoria Donda Pérez, porque es nieta de un medio hermano suyo (Armando Pérez).  

¿Se considera retirado?

Sí. Ya me recuperé.

-¿A partir de cuándo se considera así?

Hará más o menos cinco años. Dije ‘nunca más’.

-¿Por qué?

Me miré a un espejo y me dije ‘que tonto fui en la vida, que tonto’. Reflexioné.

-¿Qué le hizo el click para que pudiera decir que eso estaba mal?

Me metí a una iglesia evangélica, hablé con Jesús. Y nunca más.

-¿De qué se arrepiente?

De haber sido tan pelotudo.

-¿Cómo es su nueva vida?

Camino tranquilo, hago lo que quiero. Esto es vida.  

-¿Antes no se sentía libre ni siquiera en la calle?

No, porque sentirse perseguido es lo peor que hay. Es una paranoia. Estás en tu casa, mirás por el agujerito de la puerta con el fierro en la mano. No tenés vida.

Sosa se fue de San Juan cuando tenía 25 años. En la “Ciudad de la furia”, además de practicar natación y artes marciales, conoció la droga y la delincuencia. “Estaba en una plaza en Buenos Aires y un chabón me garcó con un reloj, me dio uno trucho. Lo busqué, lo agarré del cuello y le dije ‘yo te voy decir cómo es ser ladrón’, y empecé a robar a lo grande. Robaba autos cero kilómetro y les hacía papeles truchos. Hasta a un gobernador de La Rioja le vendí un coche”, cuenta. Cuando habla sobre ese pasado se diferencia de los “ratones” que le roban a la gente en las calles.

Enfático, le asegura a El Nuevo Diario que nunca se quedó con algún vehículo a través de un asalto: “Era más vivo. Me metía en las cocheras, veía si había mucha gente, conseguía la llave y salía andando en el coche. En ese tiempo estaban el Ford Ghia o el Renault 18”. Era solitario, a esos robos “nunca los hacía en banda, porque en banda no sirve, eso es de policía”. La misma actitud tomaba cuando terminaba preso, porque considera que “en un penal uno tiene que andar solo” y apunta que en la cárcel “se aprende a vivir y a respetar a la gente”.

En una de sus primeras veces como presidiario estuvo cuatro años en la vieja –y ya cerrada- Unidad Penitenciaria de Caseros, en Parque Patricios. Ahí conoció a Sergio, el mayor de los Schoklender, que había sido condenado a perpetua por asesinar, junto a su hermano Pablo, a sus padres: Cristina Silva y Mauricio Schoklender. Más tarde, en el Complejo Penitenciario Federal de la Ciudad de Buenos Aires (conocido como la cárcel de Devoto) no solo que volvió a reunirse con Schoklender, con quien entabló una amistad, sino que también conoció a El Gordo Valor (líder de una banda de asaltantes de bancos y camiones blindados en las décadas del 80 y 90) y a Arquímedes Puccio (el cerebro de una banda familiar que secuestraba y mataba empresarios en los ’80).     

Sergio Schoklender, asesino de sus padres

-¿Cómo fue su encuentro con Schoklender?         

Estuve en Caseros con él. Ahí se recibió de abogado (también es psicólogo). Él no podía estar con otros presos porque había matado a los padres. Lo conocí cuando peleó en la cárcel, porque lo querían matar, y nos mandaron a otro piso. Caseros era un penal de máxima seguridad.

 Luis “El Gordo” Valor, asaltante de camiones blindados

-¿En dónde vio por primera vez a El Gordo Valor?

En Devoto.

-¿Qué sabía de él?

Que le gustaba robar lo grande, como camiones de caudales. Tenía de lugarteniente a –Hugo- “La Garza” Sosa, a quien también conocí.   

-¿Hablaban de las causas?

En los penales no se pregunta por qué están ahí. No hay que hablar. Hay que estar tranquilo, preguntar cómo está la otra persona, sobre la comida y tomar mates, lo normal. Sobre las causas hablan los giles, el que pregunta es policía.   

¿En la cárcel sabían que usted es sanjuanino?

Sí, El Gordo Valor me decía ‘El Sanjua’, Schoklender también. Me preguntaban sobre San Juan. Yo les decía que era una ciudad normal, que se podía hablar con la gente, que no había ladrones como allá, porque acá hay pocos ladrones, los demás son todos ratones.

El asesino Arquímedes Puccio.

-¿Al clan Puccio dónde lo conoció?

A Arquímedes y sus hijos los conocí cuando estuve en los tribunales de Comodoro Py. Ellos estaban en la parte de reconocimiento. Ingresamos juntos a Devoto. Hablábamos de cosas cotidianas.

-¿Qué recuerda de Arquímedes?

Que era chiquitito. Yo sabía lo que había hecho. Cuando uno llega al penal ya sabe todo, porque sale en televisión. Yo salí en el programa de Pinky.  

-¿Qué dijo Pinky?

Que había caído Julio Sosa, un chabón que lo andaba buscando la policía porque robaba coches y los vendía.  

Julio se dio un balazo cerca de la sien derecha y no le pudieron sacar el plomo.

“Vení, tocá, tengo un hueco”. Sosa lleva el índice derecho del periodista hacia el exterior de su fosa nasal izquierda para mostrarle cómo la drogadicción le destruyó el cartílago. Y hace lo mismo para reafirmar que tiene una bala incrustada muy cerca de la sien derecha, en donde el tacto advierte que bajo la piel persiste la dureza del metal incrustado en el hueso.

Al disparo en la cabeza se lo ejecutó en San Juan, con un revólver calibre 22, cuando se vio cercado por la Policía. “Estaba Infantería en la puerta de mi casa. En ese tiempo vivía en Chimbas, por la Salta cerca de Centenario, hacia adentro de una finca. Cuando golpean la ventana pregunto ‘¿qué pasa?’. Me dicen que era la Policía. ‘Me tienen harto, estoy cansado de estar preso’, les digo. Abrí la ventana a los tiros y ¡buum!, me di en la cabeza. Pero quedé consciente, no era mi momento (señala con las manos al cielo). Me llevaron un tiempo al hospital, después a la Policía y pasé al Penal de Chimbas. Ahí tengo la bala, no me la pudieron sacar. Estuve con mareos varios años. Se me hizo carne, quedó en el hueso”, repasa.

Sosa asegura que en total, con intermitencias, estuvo 20 años preso, pero aclara que pocas veces tuvo una condena firme. En Buenos Aires vivió cerca de 15 años y participó de varios tiroteos con las fuerzas de seguridad. “Un día me perseguían, llegué corriendo hasta la Comisaría 6ta (de aquella ciudad). Tenía un Rolex y lo tiré en el baño. Me dice el comisario ‘vos sos grata viejo’, que quiere decir chorro viejo. Me pregunta: ‘¿Qué hay?’. ‘Tengo un Rolex. Esa es mi libertad’, le respondo. Cuando sos grata viejo hacés negocio, si sos gil te baten”, apunta.

Julio cuenta que en una ocasión fue brutalmente golpeado por los uniformados de la Comisaría 17ma de Capital Federal: “Que verdugueada me pegaron. Me torturaron, tengo las esposas marcadas de por vida. Me llevaron en un coche, me metieron en un descampado. Llegamos a una casa, me ataron y me dieron máquina toda la noche. Me partieron la cabeza. Cuando me sacaron, me pegaron un cachazo con el arma y viajé tres horas en la parte de atrás del auto”.

Cuenta que cuando regresó a San Juan “un día la ciudad fue Hollywood”. Protagonizó una persecución de película por avenida Circunvalación y distintas zonas de Capital. “Yo andaba en un Fiat 147. Me empezaron a perseguir cerca de la antena de Graffigna, pasé por detrás del cementerio y me cazaron atrás de la Central de Policía. Tantos tiros le dieron al coche que le rompieron el radiador. Me tiré en el volante y me dispararon con una itaca en la espalda. Me paré y les dije ‘cobardes, a los choros se les tira en el pecho no a traición’. Después me bañaba y se escuchaba el ‘tac, tac’ de los perdigones que caían al piso”.

-¿Cómo fue su vida en la cárcel de Mendoza?

Estuve en un penal sangriento, era la cárcel de Boulogne Sur Mer. Había que salir vivo de ahí, era muy jodido. Se ponían capuchas y agarraban rehenes para matar gente. Ahí estaban los Capano -apellido muy conocido en el hampa mendocino-. Pero yo nunca peleé, era fajinero, andaba por todo el penal.

-¿Afuera del penal qué hizo allá?

Tenía como 35 años. En Mendoza tuve un instituto de belleza. Arriba del Banco Mendoza tenía oficinas.   

-¿Qué adquiría con esa plata?

Tenía un Ford Mustang, también un BMW. Tenía un piso entero en Mendoza. Pero todo se fue a la ruina.

-¿Qué pasó?

Y… droga, sexo y rock and roll. Llegaban las mujeres y era joda toda la noche. Caía preso y volaba todo.   

-¿Qué hizo cuando se fue de Mendoza?

Estuve seis años allá, me vine a San Juan y ahí nomás me fui a Buenos Aires otra vez. Hace poco vivo acá, porque antes la Policía no me dejaba estar ni en la esquina.

-¿Acá le ofrecieron ser sicario?

Sí, pero nunca lo hice, no me gustó. Me querían pagar para que matara gente.

-¿Robó bancos también?

No.

-¿Solamente se dedicó al robo de autos?

En Mendoza a un camión de caudales una vez. Y con unos mendocinos acá robamos dos veces en el casino que estaba frente al parque. Lo cuento porque ya prescribió.

-¿Ahora vive solo en Albardón?

Sí, alquilo un departamento en Campo Afuera.

-¿De qué vive?

Me jubiló la Cristina –Kirchner- (por moratoria previsional). Cobro $350 mil y no tomo remedios.

-¿Tiene un solo hermano?

Sí, Guillermo, vive en Capital. Es el único que me queda y lo visito. Los demás murieron. Ninguno fue delincuente.  

-¿Cómo describe su vida?

Mi vida fue un calvario, un calvario… Estaba confundido. Ahora estoy tranquilo, mi vida es normal… puedo decir ‘soy yo’.

“A los pibes que se drogan les digo que no lo hagan, que miren a su mamá, a su papá. Si te drogás hacés cagada. Yo antes consumía cocaína, ahora no tengo adicciones”.  Julio Sosa – exconvicto.  

Sosa reconoce que cometió escruches (robo en viviendas en ausencia de sus propietarios) y cuenta que un amigo murió tras atacar una propiedad en 2015. “Abrió la puerta de la casa de una familia de mucha plata en la calle 25 de Mayo (Capital) y le dieron un escopetazo. El ‘Gringo’ –Rubén- Senatore era muy buena persona”, relata. Seguramente no piensan lo mismo las personas a las que robó.  Murió en su ley.

Sosa junto a su hijo Sergio (izquierda) en 2017 (Foto: Tiempo de San Juan).

Julio dice que tuvo cuatro hijos con distintas parejas. Uno de ellos vive en Canadá, fue asaltante de bancos y ahora estudia cine. Otro está en La Plata y hay una hija en San Juan. En 2017 supo que tenía un cuarto hijo que es marino mercante y vive en Chaco. Sergio Saettone lo buscó por redes sociales hasta que lo halló. “No sabía que tenía un hijo con Raquel Ledesma, que vivió conmigo hasta que caí preso. Lo conocí porque viajó a San Juan”, asegura.