- 31 de julio de 2026
Los que hacen un país


En el mundo todos los días pasan cosas graves. Un choque de trenes, un atentado, un misil sobre una escuela o un gran terremoto.
Las leemos con cierta indiferencia, sabiendo que, en pocas horas, otra noticia similar reemplazará la tragedia de ese momento.
Eso sí, cuando pasan cerca nuestro, hay tragedias que dejan algo más que una lista de nombres.
Cuando a las víctimas les ponemos rostros, dejan de convertirse en una simple noticia.
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El accidente ocurrido en Ischigualasto, que terminó con la vida de siete personas, no sólo enluta a sus familias. También deja un vacío en un entramado silencioso que pocas veces recibe reconocimiento: el de quienes dedican su vida a cuidar la de los demás.
En tiempos donde suele hablarse del Estado como una maquinaria impersonal, ellos representaban exactamente lo contrario. Eran personas para quienes el cargo no era un empleo sino una responsabilidad.
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Carlos Heredia es un ejemplo. Había sido designado director de Protección Civil durante la gestión anterior y continuó en su función, una rareza en un país donde muchas veces los cambios políticos arrasan con la experiencia acumulada. Oriundo de Valle Fértil, toda su vida profesional estuvo ligada a los bomberos. Licenciado en Higiene y Seguridad, especialista en incendios y docente, quienes lo conocían cuentan que prefería invertir su tiempo en un curso de perfeccionamiento antes que en unas vacaciones. Entendía que prepararse era otra manera de proteger vidas.

Rubén Castro, jefe de Bomberos, había construido una trayectoria similar. Nacido en Jáchal, hizo de la especialización una forma de trabajo. Incluso, vivía en el mismo cuartel, junto a su esposa, en las dependencias que están destinadas para tal fin. Estaba convencido que su trabajo era a tiempo completo.

Junto a él viajaba el subjefe Jorge Carbajal, oriundo de Iglesia, también era reconocido por su experiencia en incendios. Siempre era el que estaba al frente en el lugar donde se debía actuar.

El subjefe de Policía, Germán Videla, llevaba tres décadas en la fuerza. Era consulta permanente de los periodistas cuando buscaban información. Con mucha experiencia en la calle, sabía cómo manejar los recursos policiales.

Y estaba Matías Valenzuela. Piloto experimentado, había pasado años volando helicópteros en la Policía de Buenos Aires antes de incorporarse a Jas Fly. Era uno de esos pilotos especializados en combatir incendios forestales que conocen el riesgo de cada maniobra, pero también el costo de no hacerla. Detrás de millones de hectáreas salvadas del fuego hay decisiones tomadas en segundos y una enorme cuota de coraje.

Completaban la delegación los cordobeses Andrés Bosch y Rodrigo Aimeta, especialistas de la Agencia Federal de Emergencias, hombres acostumbrados a trabajar allí donde otros se retiran. Su experiencia recorría incendios, inundaciones y catástrofes en distintas provincias e incluso en otros países.

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Hay una característica que une a todos ellos. Daban más de lo que el cargo les exigía. No trabajaban mirando el reloj. Lo hacían impulsados por una convicción difícil de medir en un organigrama: la de servir.
En una época donde abundan el desencanto y la sospecha sobre lo público, hay ejemplos de hombres y mujeres que honran cada día esa tarea silenciosa. No aparecen en los discursos ni buscan protagonismo.
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Los países no se construyen únicamente con grandes decisiones políticas o con indicadores económicos. También se sostienen gracias a personas como ellas. Gente que convierte el deber en vocación y el servicio en una forma de vida.
Son ellos, muchas veces en silencio, los que hacen un país.

