• 7 de agosto de 2026

Los límites que la política no puede cruzar

Los límites que la política no puede cruzar

Escribe: Juan Carlos Bataller Plana

La política argentina tiene un accionar bastante amplio.

Los mismos que defienden un tema en un periodo de Gobierno, son fervorosos detractores de lo mismo unos años después.

Esa agilidad de apoyar o sacar apoyo tiene algunos límites y esta semana se pudo ver ya que hay temas donde ese pragmatismo se frena en seco: ni siquiera los gobernadores aliados a Javier Milei estuvieron dispuestos a que sus senadores acompañaran la flexibilización del límite a la venta de tierras a extranjeros.

No fue un rechazo de la oposición dura, la que por oficio vota en contra de cualquier iniciativa del oficialismo. Fue un freno interno, de aliados, de gente que comparte el rumbo económico del Gobierno pero que a un año de las elecciones sabe leer el humor social.

Está claro que, en temas como la tierra, el agua y los recursos naturales no son un capítulo más de la agenda desregulatoria. Son, para buena parte de la sociedad, una frontera simbólica que no está dispuesta a correr.

No importa si uno vota a la izquierda o a la derecha, si es liberal o peronista: la idea de que la tierra argentina y sus recursos estratégicos deben quedar resguardados genera un consenso de gran parte del arco político.

Lo llamativo es que el propio Gobierno nunca logró instalar una explicación clara de por qué era necesario tocar ese límite.

No hubo un diagnóstico público y contundente sobre qué problema concreto venía a resolver la reforma, ni qué beneficio tangible traería para el sanjuanino, el chaqueño o el fueguino de a pie. Y cuando la política no explica, la sociedad especula.

Incluso, el canciller Quirno llegó a admitir que un extranjero podía comprar un pueblo entero, incluso una provincia.

Ante el vacío argumental, prosperan las lecturas más desconfiadas: que hay intereses puntuales detrás, que se busca favorecer a determinados actores, que el verdadero objetivo no es el que se dice en público.

No hace falta que esas sospechas sean ciertas para que hagan daño: alcanza con que nadie se haya tomado el trabajo de despejarlas.

Y empezó a especularse, por ejemplo, con la Patagonia.

Si un alto porcentaje de su territorio está en manos extranjeras, podrá perderse una de las joyas más preciadas de la humanidad.

Los gobernadores no son “el mejor empleado del mes”. Son líderes territoriales que deben someterse a las urnas y no pueden votar todo lo que le piden. El ejemplo es Hugo Passalacqua, el gobernador de Misiones que prefirió terminar de romper con su líder político Carlos Rovira antes que votar por la extranjerización de tierras.

Y es ahí, precisamente, donde la política debería aprender la lección. No todo se negocia con la misma lógica de mercado con la que se negocia una ley impositiva. Hay ideas que, por más que tengan lugar en un programa de gobierno o en la letra de un decreto, hacen bien en guardarse en un cajón cuando el costo de insistir supera cualquier beneficio político.