- 20 de julio de 2024
El derrame: ¿es de arriba hacia abajo?

POR MARCELO DELGADO
Entre los variados desafíos de la economía clásica, se destacan las funciones de “producción” por un lado de la ecuación y la “distribución” por el otro. La primera es el fruto de la combinación de capital, tierra y trabajo (inversión) y la segunda, es como se retribuyen cada uno de esos factores (rentas, dividendos, salarios – ahorro).
En el marco de la teoría pura, esto se regularía por la oferta y demanda y el sistema permanecería en equilibrio perfecto. Sin embargo, en la realidad, la articulación entre ambos extremos la han asumido los estados y la forma en que la instrumentan, es recaudando impuestos, por un lado, y luego redistribuyendo mediante los servicios públicos. También, con la intervención de los sindicatos y la sociedad organizada, se definen salarios mínimos, acuerdos paritarios, legislaciones protectoras, seguridad social (obras sociales y jubilaciones), como mecanismos de equilibrio ante la asimetría de fuerzas.
La interpretación e implementación de las funciones de producción y distribución, caracteriza a los sistemas político sociales. Cuanto mayor intervención tiene el “estado”, el sistema es socialista, y cuando es menor, nos referimos al capitalismo en distintas versiones, donde el “mercado” cumple los roles de la economía. Sin embargo, los Estados modernos intervienen poco en la producción y regulan algo más la función de redistribución.
En realidad, los estados no han logrado revertir la concentración del capital, por un lado (retorno de la inversión) y la retribución del trabajo por otro. Este proceso se viene produciendo desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, pero en los últimos cinco años se aceleró de manera exponencial. Según OXFAN, desde 2020, los cinco hombres más ricos del planeta duplicaron su riqueza, mientras que continuó creciendo la pobreza estructural en el mundo.
Entonces, vuelve al centro de la escena la discusión sobre cuál es el mecanismo más apropiado para mejorar la “distribución”. La caída del “comunismo organizado” en 1991, dejó en evidencia que el estado es ineficiente a la hora de concentrar las funciones de producción y distribución. El mercado, en los sistemas más liberales, ha inclinado la balanza hacia el capital. La solución entonces parece estar en otros mecanismos que incluyan a mercado y estado.
La discusión se hizo evidente, y se puso en el centro de escena en Estados Unidos en los años 80, cuando el presidente Ronald Reagan decidió una baja sustancial de impuestos a empresas, para que la mayor prosperidad de los sistemas productivos, derrame en la economía, beneficiando a los trabajadores, cuentapropistas, independientes, entre otros. El efecto derrame esperado, de arriba hacia abajo, no se concretó. Los detractores plantearon un “derrame inverso”, donde la prosperidad de los trabajadores desarrolla mercados robustos, y mediante el ahorro, se fomenta la inversión. Esto motivó políticas neokeynesianas, particularmente en Latinoamérica y Argentina, que tampoco resolvió el desafío de la distribución. ¿Buscaremos nuevos caminos, o vamos a insistir en los sistemas que fracasaron a lo largo de la historia?

