• 21 de agosto de 2026

El peronismo dio libertad de acción para evitar romperse

El peronismo dio libertad de acción para evitar romperse

Por Juan Carlos Bataller Plana

El Partido Justicialista es una fuerza pragmática.

Más allá de las ideologías que puedan tener sus integrantes, cuando hay un líder que los guía, la gran mayoría lo sigue.

Para el Gobierno de Marcelo Orrego fue un resultado abrumador la votación para aprobar el convenio por el cual Vicuña pondrá 250 millones de dólares -se aprobó por 27 votos positivos y 9 negativos- y demuestra que en el peronismo todavía no se define quién los liderará en los próximos años.

Que se haya aprobado, no sorprende: el oficialismo tenía los números de sobra. Lo que sorprende es lo que sobró. Orrego no necesitaba esa mayoría; la construyó igual, para demostrar que hay un acompañamiento político de diferentes sectores. Es un mensaje a las otras empresas mineras, que posiblemente también adelanten fondos para obras de infraestructura.

Mientras más importante sea la base de apoyo, más confianza provoca en los que deben sacar la billetera.

El peronismo llegó al recinto con la peor de las estrategias posibles: ni la disciplina que ordena, ni la ruptura que define. Eligió el punto medio, esa «libertad de acción» que en la teoría suena a respeto democrático y en la práctica funciona como una forma elegante de mirar para otro lado mientras el bloque se desarma en cámara lenta. El resultado fue previsible: cada diputado leyó la libertad a su manera, y varios la leyeron en la misma dirección que el Gobierno.

En política, uno de los motivos por los que se da libertad de acción es porque no hay manejo de bloque y, antes de pasar un papelón de no conducir a los propios, se dice que cada uno puede hacer lo que quiera…

Ahí apareció, otra vez, la palabra que ya no asusta de tan repetida: traidores. Eduardo Cabello la puso arriba de la mesa antes de que nadie se la tirara. Lo curioso es que la traición, para sostenerse como acusación, necesita un bando claro del cual desertar. Y ese bando, en el peronismo local, hace rato que dejó de ser una certeza para convertirse en una pregunta abierta.

La diputada de Albardón, Cristina López, no se escondió, lo dijo con nombre y apellido en la versión taquigráfica. Sabe lo que es ser intendente, por experiencia propia y por las gestiones de su esposo. Y eso la motivó a apoyar una ley que va a beneficiar a su propio departamento. El jachallero Miguel Vega – que también fue intendente- condicionó su sí a una ruta que su departamento espera hace años. Ninguno de los dos actuó por sorpresa ni por capricho: actuaron con el cálculo de quien sabe que la obra pública, cuando llega al territorio, pesa más que cualquier consigna partidaria bajada desde una mesa política. Y ahí está, quizás, la verdadera lección de la jornada: Orrego no está comprando voluntades, está ofreciendo rutas, y hay rutas que valen más que la pertenencia.

La pregunta que queda flotando, con San Juan ya asomándose a 2027, no es si el PJ va a partirse en dos. Hay consensos que demuestran que no hay ese riesgo. Pero lo que quedó en claro es algo más incómodo: es si alguien, adentro de ese espacio, todavía puede decir con certeza quién responde a quién. Mientras esa respuesta no aparezca, Orrego seguirá jugando el partido más cómodo de la política provincial: el de enfrentar a un rival que, cada vez que vota, termina discutiendo consigo mismo.