• 28 de agosto de 2026

El país que le teme a sus propias reglas

El país que le teme a sus propias reglas

Escribe: Juan Carlos Bataller Plana

Esta semana obtuvo media sanción el proyecto de reforma del Banco Central, una norma que busca darle mayor previsibilidad y seguridad jurídica a un país que, con inquietante frecuencia, hace culto de romper sus propias reglas.

La norma busca que el BCRA se concentre en preservar el valor de la moneda, prohíbe la emisión sin respaldo y el financiamiento al Tesoro, y endurece la remoción de sus autoridades: durarían seis años, designadas por mayoría simple del Senado, pero solo removibles con dos tercios de ambas cámaras.

El oficialismo la defendió como freno a la «emisión descontrolada» kirchnerista; la oposición cuestionó que blinde a la conducción actual, encabezada por Santiago Bausili.

En síntesis, si se aplica bien la ley, habrá seguridad jurídica, que es esa promesa silenciosa que sostiene cualquier economía: que las leyes, los contratos y los fallos judiciales se mantendrán estables, previsibles y coherentes en el tiempo. Cuando un país la garantiza, quien invierte sabe que ningún gobierno de turno va a cambiarle las reglas de un día para el otro. Nadie serio apuesta su capital sin esa certeza. Hace falta que los contratos se respeten, que exista una Justicia independiente cuando no se cumplen, y que la propiedad y las instituciones queden a resguardo del humor político.

Que el Banco Central haya sido usado, una y otra vez, para financiar los desvaríos del gasto político no solo erosiona esa seguridad: es una estafa silenciosa al ciudadano común. Cubrir déficits con dinero ficticio termina devaluando la moneda, y quien ganó esos pesos con esfuerzo se queda, tarde o temprano, con papel pintado en las manos.

Para quien evalúa invertir, la seguridad jurídica funciona como una prima de riesgo que se suma a cualquier cálculo financiero. Cuanto más débil es esa garantía, mayor es el retorno que un inversor exige para animarse, o directamente el proyecto se cae. Sin certeza de que las reglas van a sostenerse, el capital elige recuperarse rápido y huye de las inversiones de largo plazo, que son justamente las que un país necesita para crecer.

Los bancos, además, cobran tasas más altas cuando huelen riesgo regulatorio, porque ya incorporan en el precio la posibilidad de que algo se rompa por motivos ajenos al negocio. Y quien logra hacerse de un capital prefiere sacarlo del país antes que reinvertirlo en un terreno que puede moverse bajo sus pies.

Argentina es, en ese sentido, un caso de estudio: pocos países combinan tanta desconfianza institucional con tantas variantes de la misma trampa, la de un Estado que encuentra siempre una forma nueva de meter la mano en el bolsillo del contribuyente. Pesificaciones asimétricas, cambios abruptos en el comercio exterior, contratos de servicios públicos reescritos a mitad de camino, un cepo que muta sus reglas según la necesidad del momento, fallos judiciales que respiran el aire de la coyuntura. Esa historia explica por qué el país debe ofrecer rendimientos muy superiores a los de sus vecinos para atraer el mismo dólar, y por qué el RIGI ofrece treinta años de estabilidad normativa «blindada» a quien invierta en grande: un reconocimiento, casi confesado, de que sin ese blindaje el capital simplemente no vendría.