• 20 de junio de 2026

Cuando están quemados, a los fusibles se los cambia… y a los funcionarios también

Cuando están quemados, a los fusibles se los cambia… y a los funcionarios también

Escribe: Juan Carlos Bataller Plana

El caso Adorni dejó al descubierto una de las grandes paradojas del poder: cuando un mandatario sale a defender a su funcionario comprometido, no lo salva. Se hunde con él.

Manuel Adorni pasó de ser la voz más reconocible del gobierno de Javier Milei a convertirse en su lastre más visible.

Viniendo del periodismo, pasó a ser el dueño de la moral y cuando cayó en desgracia, salieron en masa a devolverle todos los golpes.

El escándalo por las inconsistencias en su declaración jurada patrimonial, los vuelos privados y el reconocimiento tardío de haber «ahorrado en negro» generaron una herida que el propio oficialismo no pudo contener.

El PRO lo abandonó. Los aliados dialoguistas lo dejaron solo. El Senado amenazó con interpelar y censurar.

Y Milei, en lugar de desactivar la crisis a tiempo, permitió que se extendiera semana tras semana, consumiendo energía política en plena campaña electoral, paralizando la agenda legislativa y opacando incluso la euforia del Mundial.

El principio es tan viejo como la política misma: los ministros existen, entre otras cosas, para absorber el costo de los errores. Son los fusibles del sistema. Cuando un fusible se quema, se cambia. No se lo abraza públicamente mientras sigue quemándose.

Un jefe de gobierno —sea presidente o gobernador— que sale a desgastarse en la defensa de un funcionario caído en desgracia, dilapida capital político propio en una causa que ya está perdida.

Y el error más importante es que prolonga el tiempo de exposición al escándalo, que es exactamente lo que el adversario necesita para alimentar el relato opositor.

Los que se aferraron a sus funcionarios comprometidos terminaron asociados al problema, no a la solución.

A pocos meses de las elecciones donde se juegan todo el modelo político que construyeron a partir de 2023, el costo de no entender esta lógica se mide en votos.

El electorado puede perdonar que un funcionario cometa un error. Lo que no tolera con facilidad es que el poder lo cubra, lo defienda y lo sostenga más allá de toda razonabilidad. Eso ya no habla del funcionario: habla del criterio de quien conduce.

En el entorno del presidente le dicen que el proyecto político es más grande que cualquier nombre propio. Que nadie es indispensable. Que la transparencia no es un slogan sino una práctica. Incluso, que ya no importa si es culpable o inocente según la Justicia porque el veredicto lo dio la opinión pública.

Y tratan de convencerlo que los fusibles no se abrazan. Se cambian. Y cuanto antes, mejor.